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Historia sobre la arquitectura y la estética de las escaleras

Las escaleras aparecieron necesariamente para dar acceso a planos elevados, por lo tanto es de suponer que existían desde la noche de los tiempos aunque no fueran más que rampas con escalas o de troncos tallados con forma de dientes.

De las primeras grandes civilizaciones solo conocemos escaleras de piedra (egipcias, griegas, romanas, etc.) pero existen, sin embargo, referencias graficas de escaleras de madera (mesopotámicas, egipcias, griega,...)

Los arquitectos griegos fueron los que diseñaron y dimensionaron los peldaños, dimensiones que se mantuvieron durante siglos, un ejemplo de su perfección y simetría se presenta en el teatro de Epiduro.

Vitrubio, famoso arquitecto romano del s. I d. C, expuso las reglas de dimensionamiento de todo tipo de escaleras, las cuales podían quedar divididas en uno, dos o tres tramos. Su tratado se basaba en cálculos en los que se aplicaba el famoso teorema de Pitágoras, y éstas debían estar en consonancia y armonía con el resto del edificio.

En la Edad Media las escaleras desempeñan sobre todo funciones militares y estratégicas, por eso es normal que se sitúen casi exclusivamente en torres, miradores de castillos y conventos. En España destaca la extraña escalera situada tras el muro del refectorio del monasterio de Santa María de Huerta, en Soria, la cual conduce al púlpito, desde donde los monjes daban el sermón; esta escalera destaca sobre todo por su disposición ahorrativa del espacio, pues aparece incrustada en el muro y muestra su espacio a través de sus arcadas de medio punto.

La escalera más revolucionaria y funcional de la Edad Media es sin duda la escalera de caracol. A partir de esta escalera surgieron todo tipo adaptaciones y remodelaciones a lo largo de la historia, por lo que puede asegurarse que es la estructura más práctica y funcional.

Este tipo de escalera mejoró considerablemente a lo largo de la Edad Media, pues sus primeras construcciones destacan por su tosquedad, incomodidad y estrechez, y muchas veces carecían de descansillos. La escalera de barandilla superpuesta supuso el primer estiramiento de la escalera medieval de caracol, un ejemplo se muestra en el Monasterio de las Descalzas en Madrid.

En el gótico español una de las escaleras más interesantes se halla en la catedral de Burgos, en su interior y conjuga perfectamente el espacio arquitectónico con el ornamental.

El deseo de expresar el carácter de la escalera de un modo renovado y distinguible, se muestra sobre todo en los palacios y palacetes del s.XIV. En el Renacimiento se ponen de moda las escaleras rectas, como la escalera de piedra con tramos rectos y descansillos que comunica dos pisos en la catedral de Rúan. En ella destacan además la barandilla de piedra con paneles calados que varían según las alturas. La escalera imperial del Escorial, es un tipo de escalera genuina del arte español, que nace en el s.XVI y se convirtió en modelo para las grandes escaleras barrocas. Una de las escaleras más bellas del renacimiento fue la escalera Laurenciana, que diseño Miguel Ángel, la cual anunció la llegada del Manierismo.

Miguel Ángel diseño unos peldaños amplios que se abren en forma de abanico creando un efecto ilusionista, típico del Barroco. A partir del Renacimiento se inicia una nueva estética y perspectiva de la escalera, estás se vuelven más espaciosas y ceremoniosas.

En el Renacimiento destacan las escaleras suspendidas de ojo central. En este tipo de escalera la rampa gira alrededor del hueco con una tendencia a abandonar las barandillas superpuestas, eliminando paulatinamente los pilaretes continuos. Las escaleras ofrecen ahora peldaños rectos, mejoran su perspectiva y la comodidad del que las sube o baja y se logra en definitiva una mayor armonía entre la planta y el alzado. Una de las escaleras más bellas e interesantes es la escalera de Bramante que se encuentra en el Palacio de Belvedere y Museos Vaticanos.

La exuberancia y suntuosidad del Barroco nos muestra a una sociedad compleja que necesitó rodearse de todo tipo de decoraciones para lograr un efecto de eterno teatro, en el que el hombre abre todos sus sentidos al espectáculo del arte. En el Barroco se vivió la contrarreforma que reforzó al sentimiento religioso como una exaltación del sufrimiento y condena, por lo que la escalera se muestra para el arquitecto como una metáfora del espíritu que se eleva al ascender por ella y que sirve, de este modo, como nexo de unión entre lo terrenal y lo espiritual. La escalera aparece ahora como elemento centralizado, coronado muchas veces por cúpulas, linternas o techos decorados por bellos frescos. La escalera Barroca de Wúrzburg, es una de las más impresionantes de todos los tiempos y, en su cubierta destaca un fresco de Gianbattista Tiepolo.

En el Barroco la escalinata tiene un gran desarrollo artístico, y estas aparecen sobre todo en fachadas y jardines. Al subir estas escaleras, que cambian de recorrido en su ascenso y descenso de un modo zigzagueante, permiten observar a los edificios desde distintos ángulos como si se tratará de un espectáculo teatral que cambia de lugar o posición.

Las escaleras curvilíneas en el s. XVII se prolongan hasta el s. XIX. Se basan en la escalera de caracol, pero ahora se muestra independiente, por lo que se estudió el crear nuevos elementos para mejorar sus pesos y su estructura.

Estas fueron reforzadas por unos elementos llamados jabalcones y destacan los peldaños compuestos con separación de huellas y contrahuellas. Las escaleras curvilíneas destacan también en este periodo por su tendencia a complicar los tramos y trazados: de cuatro centros, de doble curvatura, de oblonga, etc.

El carácter preeminente de su presencia, destaca en edificios de espectáculo como la Ópera de Paris, de Garnier, que mezcla varios estilos arquitectónicos y destaca una profusa decoración. También es digna de mención la estupenda y fotogénica escalera de La piazza di Spagna de Roma. Esta llama la atención por su efecto visual, debido a su gran altura a través de diversos tramos que la estructuran como si se tratase de una catarata, mostrándose así como un elemento totalmente escénico.

En el s.XIX destaca la escalera la escalera a la inglesa, conocida como de cremallera, debido a su perfil dentado, estando la zanca al aire, en el lado del hueco. Este tipo de escaleras, junto a otras del s. XVII y XVIII pasaron a realizarse en metal al surgir la revolución industrial.

Más avanzado el s.XIX hay una reacción contra los diseños anteriores, en los que el diseño de la escalera se amoldaba a los nuevos materiales y, se vuelven a recuperar modelos pasados históricos. El resultado fue una mezcla de elementos antiguos con elementos más modernos, como por ejemplo, molduras geométricas y balaustres barrocos de bulbo en las barandillas.

Sólo al final del s.XIX surge un estilo realmente innovador que se impone frente a este eclecticismo: el modernismo. Durante este periodo destacan particularmente todas las escaleras del arquitecto Antonio Gaudí que reciben un tratamiento original y muy ligado a las formas híbridas relacionadas con la naturaleza. Se recuperan materiales olvidados como la madera y dominan las escaleras de hierro colado.

Destacan también las escaleras de Thonet de haya curvada. Mientras en Bélgica el arquitecto Víctor Horta va adquiriendo un gran reconocimiento por sus diseños arriesgados. Horta estuvo muy influenciado por el arte oriental y aprendió de él a descartar la simetría, y a introducir un lenguaje más fluido y cercano a la naturaleza, destaca especialmente la escalera que diseño con acero del nº 12 en la Rue de Turín, en Bruselas.

En el s. XX se empiezan a imponer las escaleras de hormigón armado que produce una continuidad total en las rampas. Con el racionalismo su posición remarca los volúmenes y se muestra con una estética depurada en formas y elementos. Le Corbusier es el mejor ejemplo dentro de esta tendencia, en la que la escalera sigue teniendo un espacio especial en la arquitectura, pues sus influencias provienen de la cultura clásica.

Más adelante las escaleras racionalistas empezaron a destacar por sus barandillas opacas de obra y por su estética naval, a base de franjas metálicas horizontales pintadas de blanco.

También destacan, con una mirada más racional, las escaleras de Wright, en especial las que se encuentran en su edificio Taliesin West, cerca de Phoenix, Arizona que recuperan la estructura y disposición de los palacios de Creta.